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Yo te escucho si tu me escuchas

In Altas Capacidades, Comunicación corporativa, Literatura, Mis blogs by adminrmLeave a Comment

Yo te escucho, si tu me escuchas” Esto era lo que no paraba de recitar un enano de menos de cuatro años a su madre delante de una tienda de ropa infantil. La situación parecía ciertamente cómica a los ojos de los transeúntes, pero no tenía desperdicio: una madre de unos 40 y muy pocos intentaba que su precioso retoño entrara en la tienda (abarrotada de gente). Primero, lo intentó con zalamería “ya verás que guapo. Cuantas cosas bonitas te voy a comprar”, después intentándole hacer ver la importancia de su indumentaria “no querrás parecer un pordiosero y que los niños del cole se rían de ti”, al final no pudo más y soltó un “entra ya o te vas a enterar” entre dientes y con un tono a juego con su mirada. Y fue, ante la negativa del crío que ni con esas quiso entrar, cuando la madre empezó a decir aquello de “es que no me entiendes o no me quieres entender. Es que este niño no me escucha”, cuando el pequeño soltó su primer “yo te escucho, si tu me escuchas”. Lejos de prestarle la más mínima atención, la madre seguía con su retahíla y el niño con la suya.

mafalda2La situación, lejos de llegar a un acuerdo bilateral, acabó como el rosario de la Aurora, con el niño llorando y la madre desesperada arrastrándolo calle abajo. Pero me quedé con la frase del crío y con la inquietud de saber que era aquello que él quería explicar y que su madre no atendía. A mí, personalmente, me parecía justo el acuerdo que ofrecía el pequeño, que no era más que querer expresar su punto de vista e intentar llegar a una negociación razonable.

Creo que la educación y la comunicación se basa en eso: en primero escuchar, después exponer y por último intentar llegar a un acuerdo. Esto no significa que todo lo que los niños aprendan deba ser fruto de una larga e intensa negociación, sino simplemente fruto de una valoración previa de sus focos de interés.

En un foro, no hace mucho, alguien me contestó que si no se obligara a los chicos a estudiar, no lo harían. Que si les dejábamos elegir sus focos de interés, se pasarían aprendiendo exclusivamente sobre fútbol y videojuegos. Y lo cierto es que no puedo estar más en desacuerdo: los niños desde muy pequeños siente una gran pasión por conocer todo aquello que les rodea, por saber los nombres, las utilidades y las formas de cualquier objeto que tengan cerca de él (quien haya tenido hijos recordará la magnífica etapa que va desde los 6 a los 10 meses que consiste en tirarlo todo al suelo, no lo hacen para molestar, sino para saber qué pasa, porqué hay cosas que hacen un ruido y otras otro, porqué unas se rompen y otras no…), por saber el porqué, las causas y los efectos de todo… en definitiva TIENEN ANSIAS DE SABER.

Y entonces, ¿dónde fallamos? ¿por qué pierden esa pasión? Simplemente porque no se les motiva a seguir investigando, a seguir preguntando, a buscar el porqué de las cosas que les interesas. Cuando llegan a la escuela, los niños pasan de aprender por curiosidad a aprender por obligación.

Quizás, una de las causas del fracaso escolar de los estudiantes españoles (con unas cifras realmente tristes) deberíamos buscarla en los primeros años: en la pérdida de su motivación por aprender.

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